TÍTULO: Todos los caminos llevan al agua, y la mejor medicina es la sinergia del amor y el agua.

Madelaine Vázquez Gálvez

Ingeniera tecnóloga. Especialista en Tecnología y Organización de la Alimentación Social. Miembro de CUBASOLAR.

e-mail: germinal@cubasolar.cu

El agua nos acompaña desde la aparición de la especie humana. Ella no expira, simplemente se encuentra contenida en toda manifestación terrenal, como fuente de vida universal.


El agua, desde el punto de vista de las ciencias alimentarias, deviene punto de controversia por su inclusión o no dentro de la categoría de nutrientes, tal como corresponde a las proteínas, carbohidratos, grasas, vitaminas y minerales. Lo cierto es que más de 60 % del peso corporal del adulto es agua. Se estima que una persona bebe más de cincuenta mil litros de agua durante toda la vida. La máxima que sin agua el hombre no sobreviviría apenas unos días constituye una sentencia que nos obliga no sólo a procurar siempre su disponibilidad, sino a reconsiderar su consumo natural en aras de facilitar las prodigiosas funciones que se le atribuyen.


El agua resulta muy elemental para la transportación de las sustancias nutritivas, así como para el buen funcionamiento del proceso de digestión y por sobre todas las cosas porque es la que mantiene la higiene interior de nuestro cuerpo, mediante la eliminación de residuos tóxicos. De la misma forma que es vital para la higiene personal y planetaria, resulta imprescindible para garantizar los procesos endógenos más esenciales, responsables absolutos de nuestra propia vida.

El agua actúa como lubricante para las articulaciones y los ojos, además de su importante propiedad de regular nuestra temperatura corporal. Con el agua se diluyen muchas sustancias que podrían almacenarse en nuestro organismo y causar múltiples dolencias, como es el caso de los cálculos renales por exceso de calcio cristalizado o la pérdida de la lozanía epidérmica. Además de su acción hidratante, ayuda a combatir el exceso de peso, el estreñimiento y la fatiga crónica. La sangre contiene gran cantidad de agua, así como el resto de los tejidos (la materia gris del cerebro, por ejemplo, tiene 75 % de agua, y los huesos contienen 20 % de ella). El agua desempeña también un papel importante en la descomposición metabólica de moléculas tan esenciales como las proteínas y los carbohidratos. Este proceso, llamado hidrólisis, se produce continuamente en las células vivas.

Se dice que vivimos en una generación de sedientos y que la falta de agua cada vez se hace más manifiesta, lo que guarda gran veracidad. Cuando se experimenta la sensación de sed es porque ya hemos perdido cerca de 1 % de agua. A través de la orina, el sudor, las heces y la evaporación de los pulmones cada persona pierde diariamente de dos a tres litros de agua. Muchas veces los estilos de vida, marcados por una alimentación inadecuada y un apuro recurrente, nos conllevan a olvidarnos hasta de tomar el precioso líquido.

En ocasiones perdemos el sentido de la inevitable dependencia a que nos convoca y no evaluamos que existe un consumo predeterminado para mantener la salud en estado óptimo. En tal sentido la incorporación total de agua correspondiente a las bebidas representa cerca de dos litros, mientras que los alimentos proporcionan el líquido restante, es decir, un litro, hasta completar los tres litros de agua que aproximadamente necesita un adulto promedio cada día. Por nuestra esencia tropical estas necesidades pueden incrementarse; el calor circundante hace que sudemos más que un habitante de otra latitud.

Los alimentos contienen de forma general determinado contenido de agua, con mayor representatividad en el caso de las frutas y verduras. Con nuestro estilo tradicional de cocinar la casi totalidad de los manjares (en el caso de Cuba representan más de 70 %), disminuimos sensiblemente el agua intrínseca de los alimentos y limitamos extraordinariamente la capacidad del organismo de recibir por esta vía este líquido de gran valor cuando procede de fuentes naturales. Por ejemplo, cuando se fríen las papas, estas se convierten en un alimento concentrado con mucho menos cantidad de agua en su interior. Una persona que desarrolle una dieta con alimentos de alto contenido de agua (frutas y verduras en forma de ensaladas y en estado natural), no tendrá que beber tantos vasos de agua al día, pues a través de la dieta podrá adquirir en determinada medida esta preciada sustancia.

Las personas que siempre están sedientas debieran analizar, independientemente del ejercicio físico que realizan, la calidad de su comida y probar una mayor incorporación de frutas y verduras; en pocos días se restituye el equilibrio del beber, además de contar con una calidad de agua superior a la del grifo. Cabe recordar que cuando ingerimos cantidades suficientes de frutas y verduras el agua que estas contienen es destilada, reconocida por sus notables propiedades para favorecer ciertos procesos fisiológicos.

Las partes comestibles de la mayoría de las frutas y las verduras tienen más de 75 % de agua. Algunas Curcubitáceas, como los melones, contienen más de 90 % de agua, mientras que en los pepinos representa más de 96 %. Cada grupo de alimentos suministra una cantidad determinada de líquido. De esta forma las bebidas, incluyendo el agua, las infusiones, el café, el alcohol, los jugos y los refrescos representan cerca de 62 % de nuestro consumo de líquidos; las frutas y verduras proporcionan cerca de 18 %. En orden decreciente le siguen la leche, el yogur y otros licuados: 10 %; el pan y los cereales: 8 %; la carne, el pescado, los huevos y las legumbres: 2 %.

El agua, como portadora de sustancias que el cuerpo necesita para su adecuado funcionamiento nos brinda las vitaminas, los minerales y los fitonutrientes. En el caso de las vitaminas son sustancias orgánicas, cuya ausencia por lo general puede causar manifestaciones carenciales, expresadas en serias enfermedades. Contienen un espectro muy amplio en cuanto a sus funciones, referidas básicamente a la regulación de diferentes procesos metabólicos.

Las vitaminas se requieren en pocas cantidades, casi todas se deben incorporar por la dieta (excepto la vitamina D y la niacina, que pueden sintetizarse de forma endógena) y no proporcionan energía, aunque sí propician la extracción de la energía útil de los carbohidratos y las grasas.

Las vitaminas son químicamente muy heterogéneas y se clasifican en dos grandes grupos en función de su solubilidad: las hidrosolubles o solubles en agua (referidas fundamentalmente a la vitamina C y todo el complejo B) y las liposolubles o solubles en grasa (vitaminas A, D, E, F y K).

Por su parte, los minerales constituyen sustancias inorgánicas y los requerimientos del organismo oscilan desde los gramos a los microgramos. Su presencia resulta vital para la vida humana, ya que actúan como cofactores en el metabolismo corporal y están implicados en todas las acciones bioquímicas; también forman parte de numerosas estructuras de sustancias como las enzimas y las proteínas. Se dividen en macrominerales (calcio, fósforo, magnesio, potasio, sodio, cloro y azufre) y microminerales u oligoelementos (hierro, zinc, cobre, manganeso, selenio, molibdeno, yodo, cromo y flúor).






El melón contiene más de 90 % de su estructura compuesta por agua.




Con los fitonutrientes ocurre un hecho muy singular: a finales del siglo pasado comienzan a identificarse como sustancias de alto carácter protectora tal y como ocurrió con las vitaminas a finales del siglo XIX, estas sustancias, que no causan manifestaciones carenciales y que se requieren en dosis muy pequeñas, completan la sinergia de la bioquímica corporal en su relación con la ingestión de alimentos. Los fitonutrientes ayudan a mejorar el estado físico, tienen altas propiedades antioxidantes; junto a las vitaminas A, C y E y el selenio protegen contra el cáncer y de forma general poseen virtudes medicinales bien notables. Por ejemplo, los sulforafanos de las Crucíferas (col, coliflor, brócoli, colinabo, rábano) poseen un alto efecto protector contra los procesos de degeneración celular.


Mucha compañía imprescindible trae el agua para no desestimarla. En tal sentido, conviene su inclusión en las formas más sanas. Si no se tienen hábitos de ingerir vegetales en abundancia, lo que constituye una vía factible de incorporar el agua a nuestro cuerpo, podemos preparar deliciosas bebidas para propiciar el equilibrio acuoso que tanto precisamos. Muchos jugos y refrescos pueden ayudar en este empeño. Nos encanta el jugo de naranja, mango o guayaba, y con gran agrado consumimos un vaso de prú oriental o guarapo.

Con el consumo de jugo de frutas y vegetales el hombre satisface gran parte de sus requerimientos de agua.

Las combinaciones son múltiples y ellas proponen infinidad de recetas valiosas. Si se tiene un limón, en ningún caso debe ser sustituido por un refresco de sobre. El más evidente sentido común nos obliga a la reflexión y a la inclusión de bebidas naturales en nuestra mesa familiar. No se trata de una moda: en el mundo desarrollado los refrescos enlatados han ocasionado serias dolencias en la población infantil. Cada vez se hace más familiar en la nueva culinaria los jugos de tomate, zanahoria, espinaca y berro; piña y zanahoria; pepino y remolacha. El espectro de posibilidades se amplía a las verduras como vía de enriquecer este universo. Al final el agua, contenida e infinita, nos ofrece todas las variantes para disfrutar de una alimentación equilibrada, sinónimo de una vida mejor.


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